Entrevista Juan Domingo Santos. Gran Premio Enor 2011

Entrevista a Juan Domingo Santos, ganador del Gran Premio Enor 2011 por la obra Museo del Agua en Lanjarón, Granada.

 

14 noviembre 2011

 

“Para mí, la arquitectura tiene que aunar experiencia, emoción y uso”

 

“La arquitectura se vuelve muy frágil cuando su existencia depende de voluntades políticas”

 

Juan Domingo Santos (Granada, 1961) es arquitecto y profesor de proyectos en la ETSA de Granada. Su labor de investigación y de docente le ha llevado como invitado a numerosas universidades de todo el mundo. En su trabajo y en su faceta como investigador y difusor de la arquitectura ha demostrado una especial sensibilidad por el patrimonio. Lo demuestran su tesis doctoral, “La tradición innovada. Sobre transformaciones en arquitectura y arte” o exposiciones de las que ha sido comisario como “El Chiado. Lisboa. Álvaro Siza, la estrategia de la memoria”,  “Música y poesía del sur de Al-Ándalus” y más recientemente “Las fábricas del sur. Sobre patrimonio industrial en Andalucía”. El Gran Premio Enor de 2011 le emociona, según sus propias palabras por el hecho de reparar en un trabajo, el suyo en Lanjarón, tan periférico, “tan en la esquina de nuestro país y hecho con tan escasos medios”. Una preocupación que él atribuye a un jurado sensible y a un premio que se engrandece cuando es capaz de reparar en actuaciones tan alejadas del “star system” de la arquitectura.


¿Cómo fue la génesis de este museo del agua?

Fue una obra de concurso. Me presenté al concurso, lo gané, pero el proyecto que se construyó es distinto. Los concursos plantean proyectos más cerrados, más acabados. Pero hablé con el entonces alcalde de Lanjarón y le dije que aquella era una oportunidad para buscar un lugar más adecuado, relacionado con el agua. Yo pensaba que más que hacer un museo del agua, debíamos hacer un museo relacionado con la fenomenología del agua, en el cual el  visitante tuviera percepciones, atmósfera, ambientes y que utilizásemos el agua de riego de una acequia, el agua del río, trabajar con los sonidos, con la luz… Yo entendía que el agua es vida y no se podía exponer en un museo al uso, con vitrinas. Tenía que ser algo mucho más sensorial. Entonces me fui a la entrada del parque natural, cerca del río Lanjarón y lo que hice fue incorporar el proyecto a una idea más amplia que era crear una red de caminos en torno al río, para recuperar una serie de molinos que estaban olvidados.

 

¿Readaptó entonces el proyecto al nuevo espacio?

Sí. Pienso la arquitectura más que como objeto como la manera de relacionar cosas. Y en este punto me parecía más interesante adaptar el proyecto al entorno. Uno de los trabajos que había que llevar a cabo era el derribo de un antiguo matadero, que  todo el mundo quería tirar. El caso  es que empezamos a picar y descubrimos que debajo del matadero había un molino y el proceso se convirtió en la recuperación de un antiguo bien patrimonial del pueblo para poder utilizarlo en vez de demolerlo. Como recuperamos, también, una antigua acequia de riego que hice pasar por dentro de los espacios del museo. El alcalde entendió perfectamente estos cambios, porque además teníamos un presupuesto bajísimo… irrisorio. Hablamos de 120.000 euros para la edificación; es hacer un museo con el presupuesto de una vivienda unifamiliar. Por eso fue tan importante poder reutilizar el matadero, como lo fue emplear troncos de madera para el pavimento, los troncos de unos eucaliptos que se había llevado un vendaval y que el jardinero, con gente de mi estudio, gente que  se apuntó, cortaron y prepararon. Al final fue un trabajo hecho por todos y para todos. Intenté interactuar con la gente de allí y la arquitectura fue surgiendo como resultado de ese proceso.

 

Se ha pasado de una obra que implicó  una gran participación colectiva a un museo sobre el que amenaza la piqueta del derribo ¿A qué se debe ese cambio?

La arquitectura es muy frágil y parece que está en manos de voluntades políticas. El problema es que una obra que ha ganado este premio, que fue seleccionada en la Bienal de Arquitectura Española está ahora en peligro porque cuando se produjo el relevo en las elecciones municipales hubo un cambio político y el actual equipo de gobierno decide, en lugar de mantener y seguir consolidando el patrimonio heredado, cambiarle el uso y los programas y ahora el nuevo equipo de gobierno quiere hacer un tanatorio.

 

Compatibiliza su labor como arquitecto que proyecta y construye con la de profesor de la Escuela de Arquitectura de Granada. ¿Transmite a sus alumnos esta misma filosofía yo diría casi revolucionaria que practica en su arquitectura o mantiene una actitud más académica? Hablo de esa implicación de los vecinos en las obras, de cambiar un proyecto cuando el terreno lo pide, etcétera.

Sí, sí. Yo soy igual en la obra que en el aula. Pero no me considero un arquitecto revolucionario, sino todo lo contrario —contesta con una sonrisa—. Creo que soy un arquitecto conservador. Lo que pasa es que hoy en día las cosas más lógicas parecen antinaturales y las cosas más ilógicas parecen las convencionales. Y no es así. La arquitectura ha perdido mucha relación de contacto con el ciudadano. Ha perdido también la economía. El sentimiento de que la arquitectura debe tener una cierta austeridad. Que ha de ser precisa, que ha de ser rigurosa. Que es vital. Para mí la arquitectura aúna experiencia, emoción y uso y la gente no habla ni de experiencia ni de emoción, habla de programas, de metros, superficie, dinero… Antiguamente, y hoy día los buenos arquitectos también lo hacen, la arquitectura era capaz de conseguir que el ciudadano sintiera cosas. Y, claro, tan desacostumbrados están a este tipo de sensaciones, que la gente lo percibe como algo raro cuando tendría que ser lo natural. Es lo mismo que yo realicé en la torre donde tengo mi estudio. Un lugar que se estaba viniendo abajo, que era objeto del expolio y la degradación, entré, empecé a recuperarlo, a realizar actividades…

 

Ya que habla de la torre de la alcoholera en la que tiene su estudio, por qué no nos cuenta ¿cómo fue esa recuperación-ocupación de una fábrica abandonada?

Yo empecé como okupa puro y duro. Llegué, salté la tapia y poco a poco fui arreglando la torre. Un día me encuentro con el guarda que me pregunta “¿tú quién eres?” y yo le contesté “¿y quién eres tú?”, me dijo que era el guarda y yo le dije, “pues vaya guarda que llevo aquí meses arreglando la torre y ni te enteraste”. En realidad aquél era un espacio enorme y un guarda solo es incapaz de controlarlo todo. Lo cierto es que con el tiempo incluso mi presencia le sirvió al guarda para evitar que el expolio se extendiese por las zonas en las que yo tenía emplazado mi estudio, que era, concretamente la torre central de todo aquel complejo fabril. Me dio el nombre del propietario, fui a hablar con él, le dije lo que había hecho y cuál era mi propósito y a él le pareció bien. Con su consentimiento yo no solo he ocupado la torre y la convertí en mi estudio, sino que también la he preservado, he hecho una catalogación  del edificio, lo he documentado, he hecho propuestas arquitectónicas, planes especiales… pero siempre se hace desde una visión de la experiencia sobre el lugar y no al revés como generalmente se suele hacer por parte de la mayoría de los arquitectos. Empecé el proyecto desde el territorio. Algunas de mis acciones le han servido al propietario para ganar dinero porque supuso una revalorización de aquel espacio degradado. No solo tenía su consentimiento sino que le gustaba y me encargaba cosas. Llegó a decirme, “Juan, la torre es tuya” porque vio mi entusiasmo, mi dedicación y que le hacía trabajos que no le cobraba. El caso es que ahora hay nuevos propietarios y dicen que no existe documento, de esa entrega. Pero, bueno, yo llevo allí desde la década de 1980.

 

Pero la alcoholera no solo se convirtió en su estudio.

Cierto. Organicé y todavía lo hago, actividades en distintos espacios de la fábrica: conferencias, proyecciones de cine, exposiciones… actividades culturales, reuniones para debate… el cineasta Juan Sebastián Bollaín lo recogió muy bien en un corto que se titula “Un encuentro” y que relata toda esta génesis, toda la historia de la ocupación de la torre.

 

Partiendo de su experiencia con la torre en la alcoholera parece casi natural el proyecto de Lanjarón y su proceso de construcción.

Me interesa mucho la arquitectura como experiencia vital. Y la arquitectura tiene mucho que ver con la manera con la que nos acercamos al mundo. Yo provengo de una cultura muy vital, muy llena de experiencias. Mi contexto, mis influencias son, por ejemplo, la Alhambra, donde la arquitectura se percibe por todos los sentidos, muy distinto de lo que es la percepción de los sentidos que mueven a la mayoría de  los arquitectos que son el peso, el volumen y, a lo mejor, la luz. En la Alhambra yo aprendí que la arquitectura es mucho más amplia, que intervienen más sentidos. Yo busco estas cosas. Yo busco siempre la historia que hay detrás. La arquitectura tiene que ser más abierta y no tan “arquitectónica”. Mi experiencia con la fábrica, por ejemplo, me brindó más conocimiento del patrimonio que estudiando historia de la arquitectura. No sé si todo esto es consecuencia de mi experiencia con la fábrica alcoholera o si mi experiencia con la fábrica alcoholera es consecuencia de esta forma de ver la arquitectura que para mí es fundamental.

 

¿En qué está trabajando en la actualidad?

Estoy trabajando en varios proyectos a la vez. Estoy haciendo una casa entre escombros en el Albaicín en Granada, de una antigua casa que se hundió. Estoy haciéndole una casa a un mago fantástico que hay en Granada y que se llama Magomigue… y claro, tiene que ser una casa mágica. Para mi tienen mucha importancia los títulos de los proyectos porque me dan una idea  y a esta le he llamado ilusiones urbanas. Y estoy haciendo un proyecto con Álvaro Siza de un nuevo edificio de acceso a la Alhambra.

 

Su relación con Siza ya viene de antiguo ¿no?

Mi relación con Álvaro Siza viene del año 1994, cuando lo fui a buscar como en su momento fui a buscar la torre y colaboré con él y trabajé con él hicimos varios proyectos en Granada. Y ahora con la Alhambra… Cuando ganamos el proyecto el maestro me dijo “Juan, éste es el proyecto de nuestra vida” me dijo. Yo le dije, “el tuyo, no lo sé, pero el mío sí”. Para mí, poder trabajar con Siza y al mismo tiempo en la Alhambra que es  mi referente, para mí es un sueño. Y con este premio ahora… Es mi año.

 

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